Epic, Chaos, Romance, Guilt

Cuarta, quinta y sexta clase: El primer diario de Colón

Posted in Uncategorized by dsalasdi on febrero 24, 2010

 

La primera persona

En estas dos clases he propuesto una lectura atenta de algunos pasajes significativos del Diario de Colón. En este texto voy a resumir las ideas principales de la discusión. Primero, traigo a cuento esta cita de Roland Greene en la que sostiene que:

“Columbus is the inventor of the explorer and conquistador as a first person, the self-conscious register of culturally legible experiences that will be replicated and glossed by legions of later figures, but never superseded” (Unrequited Conquest 74).

Uno de los rasgos más notorios del Diario del almirante es la recurrencia de la primera persona, la cual aparece no solamente como fórmula gramatical (yo, nosotros) sino también como subjetividad. En la narración del viaje y del descubrimiento de las nuevas tierras occidentales, la perspectiva del navegante es explícita, ya sea en singular o en plural. Colón no solamente describe la exploración y las tierras a las que llega sino que se refiere constantemente a sus perspectivas emocionales, sus juicios sobre la belleza y el valor de los lugares y las personas y, sobre todo, hace explícitas sus intenciones económicas y políticas.

El acto de posesión

En otra hoja he seleccionado los fragmentos sobre los que me interesa llamar la atención a fin de comprender mejor los elementos que definen la visión del almirante en sus diarios. Comencemos por la cita I tomada de le entrada del 11 de noviembre:

“A las dos horas después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amañaron todas las velas, y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a la curda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una isleta de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahani. Luego vinieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada, y Martín Alonso Pinzón y Vicente Anés, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña con una F y una Y: encima de cada letra su corona, una de un cabo de la † y otra de otro”.

Esta es la llegada a la isla de Guanahani, rebautizada por Colón como San Salvador y que ahora pertenece a las Bahamas.

            Observemos en qué consiste el primer acto de los navegantes frente a la tierra nueva y consideremos su significado: se trata de un acto de posesión simbólica que consiste en sacar dos bandera con la cruz verde conteniendo a cada expremo, respectivamente, las iniciales de Fernando e Isabel y sus correspondientes coronas.

            La visión que nos ofrece es la de una llegada triunfante. Los navegantes cristianos no llegan a las costas de la isla con la cautela que uno espera de un explorador cuando llega a un lugar desconocido. Por el contrario, su primer gesto es de una clara posesión del lugar y sus símbolos son la cruz y los nombres de los reyes de Castilla y Aragón. La conquista de los territorios posee dos ejes inseparables: la religión y la política. Por cierto, esta conquista es en principio simbólica pero el símbolo es un anuncio de lo que la política y la religión quieren proyectar.

            En el primer diario notamos, en efecto, que Colón entra como conquistador a quien la sola imposición de los símbolos reales le basta para adjudicar a los reyes los nuevos territorios. No vemos aquí ninguna resistencia. Colón supone que su ausencia es suficiente para dar por sentada su posesión.

            El viaje es presentado entonces como una conquista. Colón nos presenta constantemente gestos que simbolizan la posesión. Uno de los más notorios es el acto de nombrar. Otro es el permanente cálculo del provecho esperado, especialmente respecto de la fuerza de trabajo. Observemos, por ejemplo, la descripción de los cuerpos en este pasaje de la entrada del 11 de ocubre:

“Mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vide más de una farto moza. Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos cuasi como sedas de cola de caballos, e cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos de tras que traen largos, que jamás cortan. Dellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y dellos se pintan de blanco, y dellos de colorado, y dellos de lo que fallan, y dellos se pintan las caras, y dellos todo el cuerpo, y dellos solos los ojos, y dellos sólo el nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les amostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún fierro: sus azagayas son unas varas sin fierro, y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pece, y otras de otras cosas. Ellos todos   a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos.”

Los nativos    

La mirada de Colón sobre los cuerpos de los indios debe ser comprendida a partir del concepto de “esclavo natural” que vimos en nuestra clase sobre Aristóteles. Como podemos ver, los indios son:

Bellos

Jóvenes

Bien constituidos

Pobres

Se trata de la descripción de personas que pueden ser aprovechadas para el trabajo. La pobreza tiene que ver aquí con la simplicidad de su estilo de vida. Esta es un ideologema que va a recorrer el periodo colonial y que llega hasta nuestros días: los indios son pobres, carecen de lo elemental, viven de manera simple y son ingenuos.

Una persona pobre no puede darme nada material ni espiritual pero yo sí le puedo dar algo. Por ejemplo, le puedo dar mis cosas y mi religión. La relación con una persona pobre nunca será simétrica pues ella me deberá a mí pero yo nunca le deberé a ella. La relación con la persona pobre es, entonces, de dominio.

La idea es que yo le puedo dar a los indios pobres lo que les falta. Aquello que les falta es principalmente una formación política que los humanice, que maximice su potencialidad como seres humanos y que los saque de la oscuridad. Mi religión y mi gobierno se convierten en los dones que serán de su provecho. Obviamente, mi finalidad es obtener el máximo de beneficio material de esta relación pero ideológicamente presento la explotación como una relación de mutuo beneficio –esto ya lo vimos en los fundamentos políticos aristotélicos. Quiero resaltar el hecho de que los indios son presentados como pobres pero esto no quiere decir que lo hayan sido. Desde la perspectiva del almirante, el carecer de armas, de vestimentas, de herramientas y de un régimen político son señales evidentes de pobreza. Pero no debemos confundirla con la pobreza tal como la entendemos modernamente.

            Ahora bien, los signos de la forma de vida de los poseen un valor ambivalente. Por un lado, los muestran como pobres, como salvajes y, en consecuencia, como esclavos naturales. Pero por otro lado la pobreza es una figura evangélica. En este sentido, los indios son los bienaventurados, los que serán reivindicados cuando la historia se revele (esto es, el apocalipsis). Sin duda, este último sentido es uno de los que quiere rescatar Las Casas, de quien podemos sospechar que transcribe el diario de Colón con la finalidad de rastrear, ya en los primeros días de la conquista, aquellas imágenes que sirve a su discurso indigenista.

            En un tercer sentido, el estado natural y salvaje en el que viven los indios se asemeja al Paraíso. Colón repite muchas veces que los indios andan desnudos, que no tienen vergüenza, que no conocen el mal y que la tierra en la que viven es abundante en frutos que ellos recogen. Veamos esta entrada del 4 de noviembre:

“Dice más el Almirante: esta gente es muy mansa y muy temerosa, desnuda como dicho tengo, sin armas y sin ley. Estas tierras son muy fértiles: ellos las tienen llenas de mames que son como zanahorias, que tienen sabor de castañas, y tienen faxones y fabas muy diversas de las nuestras, y mucho algodón, el cual no siembran, y nacen por los montes árboles grandes, y creo que en todo tiempo lo haya para coger, porque vi los cogujos abiertos y otros que se abrían y flores todo en un árbol, y otras mil maneras de frutas que me no es posible escribir; y todo debe ser cosa provechosa”.

Es interesante que Las Casas intervenga con el discurso indirecto en este pasaje, uno que favorece su visión de los indios como naturalmente inocentes y a quienes no se debe hacer daño. Claramente, la tierra posee una forma paradisíaca porque es abundante y no requiere ser trabajada. Estos indios son como Adan y Eva antes de la caída; su desnudez aquí no es pobreza sino inocencia.

El paraíso como negocio

            En esta descripción del 21 de octubre encontramos un rasgo significativo de la especial relación de Colón con la maravilla del nuevo continente. La belleza de las islas llega a conmover a Colón, quien por un lado se muestra profundamente tocado por la hermosura de las tierras pero, por otro, nunca deja de estar preocupado por el valor que ellas poseen:

“A las diez horas llegué aquí a este cabo del isleo y surgí, y asimismo las carabelas. Y después de haber comido fui en tierra, adonde aquí no había otra población que una casa, en la cual no fallé a nadie, que creo con temor se habían fugido, porque en ella estaban todos sus aderezos de casa. Yo no les dejé tocar nada, salvo que me salí con estos capitanes y gente a ver la isla; que si las otras ya vistas son muy fermosas y verdes y fértiles, ésta es mucho más y de grandes arboledos y muy verdes. Aquí es unas grandes lagunas, y sobre ellas y a la rueda es el arboledo en maravilla, y aquí en toda la isla son todos verdes y los hierbas como en el abril en el Andalucía; y el cantar de los pajaritos que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí, y las manadas de los papagayos que ascurecen el sol; y aves y pajaritos de tantas maneras y tan diversas de las nuestras que es maravilla; y después ha árboles de mil maneras y todos de su manera fruto, y todos huelen que es maravilla, que yo estoy el más penado del mundo de no los cognoscer, porque soy bien cierto que todos son cosa de valía, y de ellos traigo la demuestra y asimismo de las hierbas”.

Para Colón, las tierras de las Indias poseen la gran cualidad de la temperancia. No son ni frías como las tierras europeas ni calientes como las africanas. Las Indias están en el justo medio y esto significa que son el lugar propicio para la salud. La bondad de estas tierras es tal no existe la enfermedad y los males que traen los europeos consigo logran curarse:

“Cuánto será el beneficio que de aquí se puede haber, yo no lo escribo. Es cierto, Señores Príncipes, que donde hay tales tierras que debe haber infinitas cosas de provecho; mas yo no me detengo en ningún puerto, porque querría ver todas las más tierras que yo pudiese para hacer relación de ellas a Vuestras Altezas, y también no sé la lengua, y la gente de estas tierras no me entienden ni yo ni otro que yo tenga a ellos. Y estos indios que yo traigo muchas veces les entiendo una cosa por otra al contrario, ni fío mucho de ellos, porque muchas veces han probado a fugir. Mas agora, placiendo a Nuestro Señor, veré lo más que yo pudiere, y poco a poco andaré entendiendo y conociendo y faré enseñar esta lengua a persona de mi casa, porque veo que es toda lengua una fasta aquí; y después se sabrá los beneficios y se trabajará de hacer todos estos pueblos cristianos porque de ligero se hará, porque ellos no tienen secta ninguna ni son idólatras, y Vuestras Altezas mandarán hacer en estas partes ciudad e fortaleza y se convertirán estas tierras. Y certifico a Vuestras Altezas que debajo del sol no me parece que las puede haber mejores en fertilidad, en temperancia de frío y calor, en abundancia de aguas buenas y sanas, y no como los ríos de Guinea, que son todos pestilencia, porque, loado Nuestro Señor, hasta hoy de toda mi gente no ha habido persona que le haya mal la cabeza ni estado en cama por dolencia, salvo un viejo de dolor de piedra, de que él estaba toda su vida apasionado; y luego sanó al cabo de dos días”.  

Nuevamente, Colón expone el valor potencial de estos lugares y el gran beneficio económico que le darán a la corona. Este valor se halla tanto en la riqueza de su naturaleza como en la facilidad con la que calcula que serán convertidos los indígenas. Dado que no tienen “secta” (religión), su conversión al cristianismo no será ningún problema. El razonamiento se resume en poca inversión y alta ganancia. Tanto la naturaleza como los grupos humanos son, para el almirante, fácilmente domesticables. La tierra es virgen –no trabajada—  al igual que la mente de los indios. Por tanto, hacer productivos la tierra y los indios no debe implicar mayor dificultad.

Los caníbales del gran Can

            Colón encuentra sumamente explotable esta tierra y estas personas que aún no han sido explotadas. La simplicidad política e intelectual de los indios es concomitante con la naturalidad del espacio. Será tarea de los reyes católicos humanizar a estos pueblos y a estas tierras mediante su explotación. Como ya he explicado, estos son indios sencillos, mansos y, por tanto, domesticables.

            Pero, frente al indio manso, aparece la figura del indio feraz. Estos modelos de indígenas que aquí presenta Colón –el inocente que es domesticable y el feraz que se resiste a la domesticación— van a permanecer en la imaginación en torno a los nativos América e, incluso, se puede decir que existe aún en nuestros días.

            Colón escribió que los nativos hacían continua referencia a unos pueblos llamados “caniba o canima”, compuestos por personas malvadas y violentas que capturaban prisioneros para comérselos. Al principio, Colón se niega a creer en su existencia y arguye que “Caniba no es otra cosa sino la gente del Gran Can, que debe ser aquí muy vecino, y terná navíos y vernán a captivarlos, y como no vuelven creen que se los han comido. Cada día entendemos más a estos indios y ellos a nosotros, puesto que muchas veces hayan entendido uno por otro”.

            Ya he señalado cómo Colón se complace en encontrar tierras hermosas habitadas por gentes sencillas porque esto facilita su conquista. Sin embargo, él no pierde de vista que su interés último es encontrarse con una civilización, que es la del Gran Can. El reino del Gran Can que Colón imagina es lo opuesto a lo que ve en estos indígenas: se trata de un territorio políticamente complejo habitado por gentes que gozan de un estadio superior de humanidad, dada su sofisticación. En su obsesión por encontrarse con este lugar, Colón se niega a creer en las historias sobre los caníbales. Piensa que los indios en realidad tienen un gran miedo de los hombres de este reino e inventan historias descabelladas sobre ellos. Este razonamiento posee mucho sentido: el reino del gran Can debe ser sumamente poderoso y, por tanto, muy temido. Pero si es políticamente complejo y, por tanto, superior en un sentido aristotélico, es imposible que practique la antropofagia, ya que ésta es propia de los pueblos inferiores que no conocen ni la ley ni el gobierno de los reyes.

            La antropofagia es un tabú que permite organizar la civilización. Al igual que el incesto y la homosexualidad, el tabú impone el principio de la diferencia: yo no puedo comer lo que es como yo, ni puedo tener sexo con lo que es similar a mí por razones de sangre o de género. Por ello mismo, el incesto, la sodomía y la antropofagia son las señales que nos indican que estamos ante un pueblo inferior que no conoce los principios elementales de la ley natural. Los europeos estarán buscando aquellos rasgos en los pueblos que conquistan a fin de calcular su proximidad con el salvajismo.

            El indio no domesticable será representado de esta manera: como alguien que no conoce ni siquiera los tabúes básicos, es decir, los principios elementales de la ley natural que la propia razón nos ofrece. Pero, además, será un personaje feo. Esta concomitancia entre lo malo y lo feo es sumamente poderosa en la ficción y, sin duda, es un principio que encontramos incluso en narraciones populares de nuestros días. Los malos no solamente son violentos, antinaturales e irracionales; son, además, feos.

Así, Colón no cree en las historias sobre los caníbales hasta que se encuentra con un indio tan feo y tan diferente en este aspecto a los otros –que son invariablemente bellos— que lo hace sospechar que se trata de uno de estos antropófagos. Sobre este indio se dice:

“que era muy disforme en el acatadura más que otros que hobiesen visto. Tenía el rostro todo tiznado de carbón, puesto que en todas partes acostumbran de se teñir de diversos colores. Traía todos los cabellos muy largos y encogidos y atados atrás y después puestos en una rebecilla de plumas de papagayos, y él así desnudo como los otros. Juzgó el Almirante que debía ser de los caribes que comen los hombres, y que aquel golfo que ayer había visto que hacía apartamiento de tierra y que sería isla por sí”.

La fealdad está asociada a un mayor salvajismo, a lo feraz, a lo más cercano al estado bruto, pre-político. Las historias sobre los caribes se hacen creíbles cuando Colón ve a un indio que no corresponde al modelo del manso, inocente y bello.

 

Algo sobre las sirenas

En la entrada del 9 de enero hay un pasaje desconcertante en el que Colón dice haber visto “tres serenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo que otras veces vido algunas en Guinea, en la costa de la Manegueta”.

            La sirena originalmente era una mujer-pájaro cuyo canto hechizaba a los hombres. Aquí se transmite la idea de la sirena como mujer-pez. Sin duda, lo que vio Colón fueron manatíes que, en efecto, son animales que no destacan por su belleza. Lo interesante en este pasaje es observar una vez más cómo la mirada de Colón está profundamente marcada por la narración escrita y oral. Colón acomoda el mundo nuevo que observa a los antecedentes que le ofrecen los libros de viajes y las historias de los navegantes. La visión de América no se puede explicar sin este archivo fabuloso de imágenes.

 Los votos de Colón

Finalmente, prestemos atención a un momento crucial del viaje. Colón regresa a España y en un momento la expedición está a punto de naufragar debido a una tormenta. Ante el grave peligro, Colón y su tripulación realizan sorteos para cumplir ciertas romerías y prometen “ir todos en camisa en procesión a hacer oración en una iglesia que fuese de la invocación de Nuestra Señora”.

En primer lugar, debemos recordar que en la época ir en camisa era un signo de humillación. En segundo lugar, no debemos olvidar que, siendo una expedición comercial, el viaje de Colón tenía, al menos para él, un sentido místico y que su advocación a la Virgen está asociada con la tarea que él pensaba haber asumido. La Virgen María debía apoyar a su empresa porque ía apoyar a su empresa porque ésta implicaba el cumplimiento de una tarea de dimensiones trascendentales.

Este mismo sentido es recogido por Las Casas, quien representa al almirante en principio como un santo con una misión superior y luego como un hombre caído en desgracia, como el primer causante de las desgracias ocurridas en las Indias. Elvira nos hace recordar aquí el significado del nombre “Cristóbal” y que para Las Casas contenía un mensaje profético. Colón era también un hombre que creía en las profecías y, de hecho, es el autor de un Libro de las profecías. No podemos comprender su figura sin tomar en cuenta este aspecto espiritual con el cual se autorrepresentaba como un cargador de la cristiandad.

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