Epic, Chaos, Romance, Guilt

Segunda Clase: La polémica sobre la conquista de América. La doctrina de Matías de Paz y López de Palacios Rubio. El debate de Valladolid entre Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda

Posted in Uncategorized by dsalasdi on febrero 8, 2010

Los cristianos nuevos y los problemas de la fe

Como podemos comprender de la lección anterior, el siglo XVI de la España imperial fue el siglo de la novedad.

Había, en efecto, un “continente nuevo” con su geografía y sus poblaciones desconocidas que ponían en cuestión lo que se sabía sobre la forma del mundo y la historia que, no debemos olvidarlo, en buena medida era entendida como la historia de la fe cristiana.  

Ello obligó a enfrentar las ideas clásicas y desarrollar nuevos conocimientos y nuevas aproximaciones a lo humano.

Había una nueva clase social. Estos eran los letrados, quienes ostentaban cada vez mayor influencia en las cuestiones de Estado. El centralismo del Imperio significó enfrentarse con la aristocracia, especialmente con la aristocracia regional. Los letrados eran funcionarios destinados a tareas administrativas y provenían mayormente de la burguesía o de los estamentos más modestos de la nobleza. Algunos letrados incluso tenían orígenes judíos y accedían a posiciones de poder a través de la carrera eclesiástica. Como consecuencia, apareció un virulento antisemitismo que tuvo como origen el resentimiento de ciertos sectores de la nobleza que habían perdido influencia.

Por su puesto, hay que recordar la novedad que implicaba la imprenta y la industria editorial. Con el desarrollo de la burguesía, aparecen el lector de libros impresos y el escritor que satisface tal demanda.

Ello produjo una profusa abundancia tanto de textos como de nuevos géneros literarios.

Finalmente, había “cristianos nuevos”, es decir, las gentes recientemente convertidas a la fe y su descendencia, principalmente judíos conversos y los llamados “moriscos”. Por su parte, los indígenas de América eran “plantas nuevas en la fe”.

Pero lo nuevo era problemático. España se hizo grande gracias a los nuevos territorios, a las nuevas riquezas y a los nuevos sometidos. A la vez, el español se construyó ideológicamente distanciándose de quien no pareciera provenir de sus raíces. El “cristiano nuevo” era un sujeto dudoso y la fe de los indios se consideraba parcial, ya que, para los misioneros, sus capacidades intelectuales, especialmente para entender los sacramentos, no parecían claras.

Es como si lo nuevo hubiera exaltado la valoración de lo viejo. Por ejemplo, un “cristiano viejo” era un español sin antepasados judíos o musulmanes. Los “cristianos viejos” solían enorgullecerse de su “pureza”. Si no era noble ni rico, al menos podía mirar con desprecio a los “cristianos nuevos”.

El historiador Rodrigo de Zayas refiere que, desde 1548 “hubo necesidad legal de demostrar la ausencia de antepasados judíos o moros (es decir musulmanes), para acceder a ciertos privilegios, a ciertas actividades profesionales, e, incluso, después de la gran deportación, para casarse, tener hijos legítimos y heredar” (Los moriscos y el racismo de Estado 31).

Los indios, por su lado, estaban sometidos a un estamento de servidumbre y por esto mismo debían ser “protegidos” mediante leyes especiales por el rey. Si sobre alguna población recayó especialmente la disciplina del régimen cristiano, fue sobre ellos, al punto que la proporción de sangre indígena en una persona definía qué lugares podía ocupar en la sociedad.

En el cambio de los paradigmas ideológicos, la experiencia del enfrentamiento con los indios fue crucial. Por ejemplo, los españoles podían considerar como evidente la bondad del gobierno cristiano y la barbarie del régimen de los incas. Pero los misioneros solían quejarse de  la dificultad de hacer comprender la nueva doctrina a los indios. Esto hacía dudoso que fueran “gentes de razón”.  La doctrina cristiana no podía estar equivocada. Si resultaba que los indios no accedían plenamente a ella, era porque ellos no se habían humanizado lo suficiente para comprenderla[1]. Entonces, si el evangelio demandaba una continuidad que era entendida como ascenso espiritual, ésta era constantemente desacreditada por el arduo e inacabable trabajo de conversión.  Los indios no solamente eran sujetos de conversión sino un nuevo tipo de humanidad que sometía a prueba la idea de una historia universal.

La sensación de que el tiempo se quiebra, de que para unos y para otros el mundo cambia radicalmente, es reconocible no solamente en esta relación entre españoles e indígenas sino también entre los españoles y otro grupo de derrotados, a saber, los moriscos. La caída del reino de Granada en 1492 puso fin al esplendor del reino nazarí pero también –lo que fue mucho más impactante— produjo una crisis de la espiritualidad tanto para conquistadores como para conquistados.

Los musulmanes que aceptaron quedarse en territorio cristiano son conocidos como mudéjares. Bajo los acuerdos firmados por los reyes católicos con el rey Boabdil de Granada, dichas comunidades debían ser respetadas en su religión y sus costumbres. Pero solamente diez años después, en 1502, se les impuso la obligación de convertirse al cristianismo o de ser expulsados. Los mudéjares convertidos forzosamente al cristianismo fueron conocidos como moriscos (“pequeños moros”) y su identidad era difícil tanto para los mismos cristianos como para los otros musulmanes, ya que era difícil reconocerlos como leales a una u otra religión.

El debate

Varios años atrás, durante las primeras décadas de la conquista de América, el rey Fernando, insatisfecho por los resultados de la junta de Burgos a la cual había solicitado definir jurídicamente la potestad de la corona de Castilla y León sobre los nuevos territorios, encargó al jurista Juan López de Palacios Rubios y al canónigo Matías de Paz que escribieran su opinión en torno al mismo asunto. El primero plasmó sus ideas en su tratado De las islas del mar océano –compuesto con fecha desconocida entre 1504 y 1516 –, y el segundo en De dominio regum hispaniae super indos, –escrito hacia 1512–. Ambos sostuvieron la tesis de que el rey de Castilla era el señor natural de aquellas tierras. Pero Matías de Paz reconoció además el derecho de los indios a vivir en libertad, lo que significaba que no había justificación jurídica para su servidumbre.

Ambos juristas partieron de una misma fundamentación jurídica que tenía como fundamento la ley natural, es decir, un mandato que no provenía de una norma particular sino de la naturaleza misma del ser humano.

La doctrina concebía al ser humano era un ser dotado de entendimiento y, en consecuencia, de libre albedrío. Este razonamiento era fundamental para entender, por ejemplo, la responsabilidad de una persona cualquiera y capacidad de pecar. El pecado es un acto voluntario, surgido de la decisión libre de la persona.

Como consecuencia del libre albedrío, aparecía el “señorío natural” que significaba que los pueblos tenían derecho a ser gobernados por los señores que ellos mismos eligieran. La democracia nos parece un concepto moderno; sin embargo, recordemos que ya existía entre los griegos pero también –incluso si es en una manera extraña para nosotros – en la doctrina jurídica medieval románica que llegó al renacimiento.

Como lo explicó Palacios Rubios, el señorío natural surge de un sometimiento libre, autorizado por la propia nación, y que tiene por finalidad organizarla bajo leyes humanas y protegerla. El tratadista sostuvo que “el pueblo sólo confió al Emperador la jurisdicción y protección, como antes he dicho, y por eso sólo los Reyes y demás señores temporales, que hacen las veces del Emperador, deben tener esas atribuciones” (Palacios Rubios De las islas del mar océano 75).  Esa autoridad legítima “procede del Dios Supremo y de éste recibe todo el que la ejerce” (Palacios Rubios De las islas del mar océano 75).

Ahora bien, no todo poder era lícito ni provenía de Dios. Para que lo sea, tiene que haber sido alcanzado por una de estas cuatro vías, a saber: por elección –a falta de parientes consanguíneos ante la muerte del soberano—; por sucesión hereditaria; por matrimonio contraído con una reina y por concesión del papa o del emperador en las tierras donde tienen facultad para establecer un Rey. Este último era el caso de los reyes de Castilla y ello legitimaba su jurisdicción sobre las tierras del Nuevo Mundo (Palacios Rubios De las islas del mar océano 77).

Pero si esto era así, ¿cómo se justifica el derecho de los reyes cristianos a atacar a los infieles? La respuesta era que los señores cristianos tenían derecho a combatir a quienes se opusieran a la fe. Recordemos que quien se opone a la fe comete pecado cuando lo hace en pleno ejercicio de su entendimiento.

Matías de Paz sostuvo que “[c]ualquier príncipe puede, con la autoridad del Sumo Pontífice, vicario de Cristo, autoridad que no dudamos poseyó nuestro monarca, atacar a los infieles, enemigos de nuestra fe, y someter sus tierras al yugo del Redentor” (Del dominio sobre los indios 215); además, el papa podía, si convenía a la fe católica, “imponerles un Rey católico que les gobernase con real imperio y, debajo del cual, dada la gran distancia de los lugares, se conservase la fe de Cristo” (Del dominio sobre los indios 252). Sin embargo, Matías de Paz sostenía que ello no podía significar que los indios fueran sometidos a ninguna servidumbre. Por el contrario, abogaba por la restitución, esto es, la devolución de su libertad y sus propiedades. Dado que el fin del reino católico es difundir y preservar la fe, el monarca debía actuar caritativamente, ya que valía la pena renunciar a tenerlos como esclavos a fin de ganarlos para la fe católica:

La obligación de restituir es indudable y, lo que es más, afirmo que aunque los indios pudieran ser tenidos como siervos, no es lícito hacerlo de este modo […]. Por ello sostengo que, en nombre de la caridad, y aunque justamente fuesen esclavos, debería dárseles a los indios la libertad […]. Porque si en caso de muerte y por precepto de la caridad se ha de exponer el propio cuerpo para conseguir la salvación del alma del prójimo, como extensamente lo demuestra Santo Tomás, en su Secunda Secundae, ¿no deberemos, con mayor motivo, renunciar a los bienes temporales y a cualesquier ganancias que con tal servidumbre granjeásemos y que son causa de que el nombre de Cristo se blasfeme, cuando, de hacer lo contrario, sólo alabanzas se seguirían del mismo? (Del dominio sobre los indios 255)

Los indios, argumentaba Paz, no podían ser tratados como otros enemigos puesto que eran infieles “privativamente”, es decir, por ignorancia de la fe. Su caso es muy distinto de aquel de los “Turcos y Sarracenos, que no sólo eran infieles privativamente […] sino también positivamente; por eso luchan contra los Cristianos, por ser éstos reverenciadores de Cristo” (Del dominio sobre los indios 254). Los indios no luchaban contra la fe. Simplemente, no la conocían y por tanto no podían ser considerados enemigos de la cristiandad

Matías de Paz y Juan López de Palacios Rubios estaban de acuerdo en el derecho de la corona española a gobernar sobre las Indias. Estaba en discusión en cambio la legitimidad de ejercer violencia contra los indios e imponerles una servidumbre. Palacios Rubios entendía que la guerra sólo se podía ejercer si los indios hacían resistencia alguna al derecho del rey católico y estaba más dispuesto que Paz a conceder que podían ser convertidos en siervos. A fin de imponer una formalidad en la posesión de los nuevos territorios, Palacios Rubios escribió una fórmula llamada como “requerimiento”, texto que, por decreto del rey, debía ser leído en el momento en que los conquistadores declaraban la posesión de una nueva tierra y en que se explicaba a los indígenas el derecho del rey de Castilla a ocupar sus tierras y someterlos como nuevos súbditos.

Avanzado el siglo XVI, aparece en la lucha por la defensa de los indios el dominico sevillano Bartolomé de las Casas (1484 –  1566). Las Casas es uno de los personajes más fascinantes de la historia colonial debido a su tenaz lucha a favor de las poblaciones americanas y su denuncia de la esclavitud y la matanza de estas comunidades. Las Casas escribió varios tratados argumentando, entre otras cosas, que los españoles estaban cometiendo terribles pecados en América y que Dios habría de castigar a Castilla por los delitos cometidos contra los indios. Redactó numerosas cartas al rey advirtiendo sobre las injusticias y los abusos y sobre el poco servicio que los conquistadores hacían a la fe.

La batalla de Las Casas por enmendar las injusticias cometidas contra los indios fue respondida por Juan Ginés de Sepúlveda. En 1550, convocados por el emperador Carlos V en Valladolid, ambos personajes se enfrentaron en un famoso debate. Para la ocasión, Sepúlveda leyó un breve tratado mientras que el energético Las Casas argumentó de manera extensa durante varios días. Una junta de juristas debía decidir quién de los dos tenía razón.

Sepúlveda endureció la postura de Palacios Rubios. En efecto, hasta antes de Sepúlveda, no se había desarrollado de manera tajante una doctrina coherente con el derecho natural en defensa de la servidumbre de los indígenas. Para Sepúlveda, no cabía duda de que los indios, aunque no eran “esclavos naturales”, merecían, debido a sus pecados nefandos, un tratamiento cercano a la esclavitud. Esta cualidad se adquiría cuando una nación demostraba vivir en contra de las leyes naturales. Tal como lo mostraba la evidencia, ni las leyes ni las costumbres de estas gentes castigaban los pecados contra la naturaleza. La inhumanidad del indio, entonces, justificaba su sometimiento, un principio que se tomaba de la Política de Aristóteles. En el diálogo Democrates secundus (Trad. De las justas causas de la guerra contra los indios) el personaje que defiende la justicia de la violencia contra los indios afirma:

si hubiese una gente tan bárbara é inhumana que no contase entre las cosas torpes todos ó algunos de los crímenes que he enumerado y no los castigase en sus leyes y en sus costumbres ó impusiese penas levísimas á los más graves y especialmente a aquellos que la naturaleza detesta más, de esa nación se diría con toda justicia y propiedad que no observa la ley natural, y podrían con pleno derecho los cristianos, si rehusaba someterse á su imperio, destruirla por sus nefandos delitos y barbarie é inhumanidad”. (De las justas causas de la guerra contra los indios 125)

Para Sepúlveda, no había dudas de que las gentes de las Indias se encuadraban dentro de tal categoría y, por tanto, era justo hacerles la guerra, no tanto debido a su infidelidad, sino en razón de sus “nefandas liviandades, sus prodigiosos sacrificios de víctimas humanas, las extremas injurias que hacían a muchos inocentes, los horribles banquetes de cuerpos humanos, el culto impío de los ídolos” (De las justas causas de la guerra contra los indios 133).

Las tesis de Sepúlveda implicaban desconocer los derechos de los señores nativos, así como la capacidad de los indígenas de regirse por sí mismos y alcanzar, mediante una vida política autónoma, una plena condición humana, en arreglo a las leyes naturales. El historiador Anthony Pagden resumió el tratado de Sepúlveda en estos tres argumentos:

a)      que los indios son culturalmente inferiores a los españoles y requerían tutela.

b)      que sus crímenes nefandos los incapacitan para ejercer el derecho de dominium y

c)      que las bulas papales que donaban los territorios de América a los reyes católicos eran legítimas (Pagden The Fall of Natural Man 119).

Para Las Casas, en cambio, la rusticidad de los indígenas tenía que ver con su falta de conocimiento, defecto que podía subsanarse con una evangelización pacífica. Las pruebas que ofrecía Sepúlveda sobre su salvajismo no demostraban nada porque el pertenecer a la categoría humana era suficiente para concederles la capacidad de aprender pues “ninguna gente pueda ser en el mundo” – sostuvo— “por bárbara e inhumana que sea, ni hallarse nación que, enseñándola y doctrinándola por la manera que requiere la natural condición de los hombres, mayormente con la doctrina de la fe, no produzca frutos razonables de hombres ubérrimos” (Historia de las Indias, T. I 15).  

Las Casas, obispo de Chiapas, desarrolló en varios tratados la doctrina de que el derecho natural no amparaba ni la guerra contra los indios ni su sometimiento a servidumbre alguna. “Todos los indios que se han hecho esclavos en las Indias del mar Océano desde que se han descubierto hasta hoy, – había sostenido en 1552 –  han sido injustamente hechos esclavos, y los españoles poseen a los que hoy son vivos, por la mayor parte, con mala consciencia” (Las Casas Tratado quinto 505). Y si bien aceptaba que “[l]os reyes de Castilla y León tienen justísimo título al imperio soberano e universal o alto de todo el orbe de las que llamamos Océanas Indias” (Las Casas Tratado octavo 925), a su vez reconocía, por derecho natural, la soberanía de naciones y pueblos que, “por infieles que sean […] son pueblos libres y que no reconocen fueran de sí ningún superior, excepto los suyos propios, y este superior o estos superiores tienen la misma plenísima potestad y los mismos derechos del príncipe supremo de estos reinos, que los que ahora posee el emperador en su imperio” (Las Casas Tratado noveno 1255).

            Como vemos, el aspecto central del debate era definir el estatuto moral de los indios a partir de una interpretación de las evidencias. Para Sepúlveda, tanto la precaria organización política como sus escandalosamente pecaminosas formas de vida eran pruebas de que ellos no podían regirse por sí mismo. Los indios son representados como sujetos inestables. En consecuencia, requieren de un régimen que los estabilice y humanice.

            Las Casas, por el contrario, no encontraba en aquellas evidencias ninguna justificación para su servidumbre. Llegó incluso a señalar que muchos españoles vivían en la misma rusticidad. Las Casas no se oponía en absoluto a la evangelización pero sí, en primer lugar, al régimen colonial que interfirió y destruyó el gobierno autóctono. Posteriormente, radicalizó su posición. En efecto, en un tratado de 1564 (el Tratado de las doce dudas) llega a sostener que el rey de Castilla ni siquiera tiene derecho a regirlos y que todos los poderes debían ser devueltos a los “señores naturales”.

            ¿Quién fue declarado vencedor del debate de Valladolid? Nadie. Los juristas encargados de definir el debate dilataron su decisión y finalmente no respondieron. Podemos interpretar esto, en cierto sentido, como una modesta victoria de Las Casas ya que por lo menos en el discurso jurídico no se pudo construir una justificación oficial fundamentada del derecho del rey de Castilla sobre las tierras de América. En el terreno político, sin embargo, Las Casas no pudo cumplir sus propósitos. El sometimiento de los indígenas quedó de todos modos sellado y con el paso del tiempo se desarrollaron varias teorías sobre su incapacidad para entender y para vivir por sí mismos “civilizadamente” o, como se decía en la época, “en policía”, es decir, bajo un régimen que los humanizara.

            Es importante comprender las figuras con las que se construyen estas ideas. Una de ellas y que va a ser importante para este curso, es que el régimen cristiano te humaniza pero el régimen bárbaro te embrutece, es decir, te animaliza.

            Vamos a ver luego que esta figura es mucho más compleja que lo enunciado aquí. Porque, por otro lado, la ausencia de “gobierno” o “policía” también puede estar asociada con la “naturalidad”, con un estado edénico (semejante al del Paraíso terrenal) en el que se vive con “inocencia”, es decir, con desconocimiento del pecado. Recordemos que Adán y Eva, antes de la caída, no tenían conocimiento del pecado y, por tanto, no podían pecar.


[1] La idea de que la mente de los indios tiene dificultades para comprender los aspectos abstractos de la doctrina católica y que, por lo tanto, se requiere de un esfuerzo especial para asegurar su conversión y fidelidad espiritual ha sido pronunciada abiertamente por la intelectualidad peruana hasta  muy avanzado el siglo XX. El filósofo conservador Víctor Andrés Belaunde (1883-1966)  elogió la labor de los misioneros coloniales afirmando que “los misioneros españoles lograron […] que la idea de un Dios paternal se extendiera a los aborígenes más retrasados” (Citado por Armando Nieto en “El culto eucarístico en la evangelización del Perú”). La idea subsiste, aunque menos explícita, en el Perú contemporáneo.

Imagen de Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda tomada de aquí.
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Una respuesta

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  1. Ernesto said, on febrero 13, 2010 at 5:12 pm

    Interesante. Me acuerdo haber leído un artículo sobre la lectura del “Requerimiento” en la captura de Atahualpa en 1532.

    Cajamarca 1532 – diálogo y violencia : los cronistas y la elaboración de una historia andina
    Oesterreicher, Wulf
    Descripcion: p. 211-271
    En: Lexis : revista de lingüística y literatura — Vol. 21, no. 2 (Dic. 1997)

    El “Requerimiento” parecía ser un simple tecnicismo. Pero Oesterreicher contextualiza y recrea minuto a minuto lo que significó el enfrentamiento del Inca a los españoles: su rechazo de la Biblia, su falta de comprensión del documento y, finalmente, la presión que había detrás de los conquistadores por empezar el fuego.

    Lo recomiendo, pese a que puede ser demasiado específico para los fines del curso. Hay una versión hipotética de lo que leyó el cura Valverde a Atahualpa. Si mal no recuerdo, creo que hay más de un formato de “Requerimiento”.

    Saludos,

    Neto


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